sábado, 31 de mayo de 2014

Vecinos y comerciantes: "Estamos hartos y acojonados"



Comerciantes y vecinos de Sants aseguran que los disturbios no les representan y denuncian que están perjudicando a las tiendas del barrio

Barcelona | 29/05/2014 - 18:45h | Última actualización: 30/05/2014 - 09:27h
Vecinos y comerciantes:
Unos cristales rotos en Sants, consecuencia de los disturbios nocturnos de los últimos días Albert Domènech
Albert Domènech
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Barcelona Periodista
Una pareja se besuquea apasionadamente en ,un banco. Son poco más de las tres de la tarde y nadie diría que esa plaza en la que el efecto primavera ha hecho su mella con Cupido de mentor, lleva tres días trasnochando con la banda sonora de fondo de sirenas de coches policiales.
La plaça de Sants ha sido durante tres largas tardes y noches el epicentro de manifestaciones y batallas campales derivadas de otro efecto muy diferente: eldesalojo de Can Vies el pasado lunes. Y la pregunta que más se escucha en el barrio es “esta noche, ¿qué?”.
Los comercios más próximos a la zona donde se han producido los disturbios parecen tenerlo claro: “Esta noche más de los mismo, han convocado una nueva concentración y ya sabemos cómo acaba esto”. La frase es del dueño de un bar de la calle Joan Güell pero puede ser extrapolable a otros negocios o vecinos que están tomando un café en una terraza.
Sants vive con incertidumbre las horas previas a la salida de la luna aunque el sentimiento parece ser compartido por todos los ciudadanos que viven o trabajan en el barrio: “Esto se está alargando mucho”. Caras de cansancio y de resignación se confunden con el ajetreo habitual de un día de cada día en el que unos saben a qué hora salen de casa, pero no a la hora que volverán, mientras que otros saben a qué hora abre su negocio pero no cuando van a tener que cerrar la persiana.
Crisis comercial
Si hay un colectivo que reza cada noche para que se terminen los incidentes es el de los comerciantes, que han sido incluidos en esta batalla urbana como actores secundarios que se ven claramente perjudicados por todo lo que está pasando en el barrio. No quieren que les identifiquemos, ni a ellos ni a sus negocios. Tienen miedo y sienten rabia e impotencia.
"Llevamos tres días perdiendo dinero”, afirma el dueño de un bar próximo a la plaza de Sants y que se ha visto obligado a cerrar cuatro horas antes de la hora prevista a consecuencia de las violentas protestas de las marchas en favor de Can Vies. “Estamos acojonados y hartos”, espeta el empresario que cree que todo lo que está sucediendo no tiene nada que ver con Sants: “Can Vies no representa a Sants, les hemos dejado este hueco, como otras casas ocupadas que hay en el barrio, y lo aceptamos, pero no estamos para nada de acuerdo en todo lo que ha venido después”. El restaurador, que confiesa haber tenido que dar cobijo a clientes que no se atrevían a salir durante los disturbios, admite el derecho de la gente a manifestarse aunque matiza “que este grupo de personas no puede hablar de derechos teniendo en cuenta que estaba ocupando un edificio” y que, según él, “tampoco hacían tantas cosas para el barrio como dicen”.
“Claro que tenemos miedo, son grupos muy violentos”, confiesa el responsable de una cafetería cercana a la calle dels Jocs Florals. El empresario admite que su negocio lleva 17 años en el barrio y que nunca había visto algo así: “Está claro que Sants es un barrio de base social y que lucha por sus derechos, pero lo de estos días no tiene nada que ver con esto. Hay muchos colectivos implicados y es difícil hacer un diagnóstico de quién tiene la culpa, pero lo que está claro es que esta violencia no identifica para nada a los vecinos de Sants”.
Lejos quedan ahora los incidentes derivados del día de la hispanidad y que suelen tener también al barrio como escenario principal: “Eso es un día puntual y ya sabemos quién hay detrás, pero lo de estos días se está alargando demasiado y los vecinos que entran aquí no paran de decir lo cansados que están de todo esto”. Ellos, como mínimo, han tenido la suerte de no sufrir destrozos, algo de lo que no todos pueden congratularse.
A pocos metros, las dependientas de una tienda de ropa a la que le destrozaron los cristales se lamentan de todo lo que está pasando: “Estamos muy enfadadas pero, ¿qué podemos hacer? Lo único que sabemos a día de hoy es que nuestro negocio se está resintiendo mucho y lo peor es no saber si esto se ha terminado”.
Cruzamos la calle para hablar con el responsable de otra cafetería, un ciudadano sirio residente en la ciudad que parece tenerlo claro: “¿Si tengo miedo? Soy de Siria, he visto cosas muy peores que estas. Lo que estoy es jodido porque se me va al garete el negocio, llevo tres días que no me entra nadie”, asegura molesto señalando las mesas vacías de su establecimiento. Eso sí, quiere lanzar una lanza a favor de los okupas de Can Vies: “Han sido clientes míos y nunca he tenido un problema con ellos, jamás. No creo que sean ellos los que están detrás de toda esta violencia”.
La Associació de Comerciants Creu Coberta ha hecho un comunicado en el que condena los actos violentos de estos días y apela al diálogo. La entidad ha decidido tirar adelante, a pesar del ambiente, las jornadas romanas de Barcelona que tendrán lugar este fin de semana en el barrio, aunque han preferido prescindir del acto inaugural y la presencia de autoridades como medida de prevención.
Amor y odio vecinal
Can Vies se ha erigido ya un símbolo que divide a los vecinos de Sants. Lo que para muchos ha sido un lastre durante años, a consecuencia de las actividades que se producían en él, especialmente las nocturnas, para otros han sido y son un colectivo del barrio con los que nunca ha existido ningún tipo de roce ni de incidente. Si en una cosa están de acuerdo la mayoría de los ciudadanos es que la violencia no es justificable.
Fina sale a mediodía hacia su trabajo y pasa por delante de la grúa que está derribando el centro social: “Es una pena, incluso me atrevo a decir que los voy a echar de menos porque daban mucha vida al barrio”. Su rostro cambia radicalmente cuando es interpelada por los últimos incidentes: “Esto no tiene nada que ver con el barrio y no me gusta nada. Los vecinos vivimos asustados porque hay gente muy violenta que estoy convencida que no tiene nada que ver con Sants”. Fina se despide asumiendo que esta noche tendrá que dar algún rodeo más de la cuenta antes de llegar a casa, aunque admite que “el día que se va a liar gorda va a ser el sábado”.
En el número 50 de la calle dels Jocs Florals habita la familia de María José, una anciana que se considera revolucionaria (nos explica que fue de las que decidió ser madre soltera) y que siente especial debilidad por sus vecinos okupas: “No puedo decir nada malo de ellos, siempre me han ayudado en todo y nuestra relación ha sido más que cordial porque me gusta aprender de los jóvenes”. María José asegura que “hay vecinos que hacen por la noche mucho más ruido que ellos” y nos cuenta que conocía a los padres de muchos de ellos: “Me decían que no entendían como chicos con carreras y con un piso donde vivir tenían que estar en este centro y andar revolucionando por ahí”. Ella lo comprende y lo entiende y por ello se niega a pensar que “mis chicos” tengan algo que ver con los episodios de violencia de los últimos días.
Peregrinaje improvisado
Al mismo ritmo que los vecinos vierten sus opiniones, la grúa medio quemada instalada en Can Vies no para de trabajar. No está sola. Hasta el centro se acercan con buen ritmo personas que quieren retratar una estampa que para muchos es histórica. También hay visitantes que no saben qué sucede pero sacan fotos insistentemente como si se tratara de la Sagrada Familia.
“Los dibujos de la pared son bonitos”, asegura un turista italiano ajeno a todo lo que envuelve a esa grúa. También acude una chica acompañada de sus padres para sacar un par o tres de fotografías: “De noche no me atrevía y quería verlo de día después de todo lo que se está hablando de Can Vies”. Su padre la mira y cuando ella calla lanza su particular valoración: “El ayuntamiento podría haber hecho algo más para evitar esta situación, entiendo que estén enfadados”. Eso sí, dista en la manera de protestar: “Este barrio siempre ha sido tranquilo y esto no nos identifica. Lo único que queremos los vecinos es que esto se acabe y volvamos a la normalidad”.
Un señor nos llama haciendo señas. No suelta palabra, sólo hace un gesto con mano, el que entendemos como dinero. “Aquí hay dinero de por medio”, nos interpreta en un número de mimo insistente. A sólo unos metros del centro una hija pregunta a su padre señalando el cristal roto de un aparcamiento público: “Papá, ¿esto quién lo paga?”. “Nosotros con los impuestos”, suelta el padre sin apenas inmutarse y visiblemente enojado por la foto que le rodea.
Los tortolitos continúan en el mismo banco de antes dialogando apasionadamente con sus labios. Un acto de amor que, en el peor de los casos, puede ser una previa sarcásticamente cruel de una nueva noche de terror, mientras que en el mejor de los casos, el mayoritariamente deseado, se erige como una señal impulsada por todos los que viven y conviven en Sants: cambiemos las piedras por besos.


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